Museo Chileno de Arte Precolombino

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Repa A Punja

Referido por Mateo Veriveri

Joven famosa era Renga Roiti. En Te Manavai estaba la casa en que vivía la joven; ella y su anciana madre tenían ahí cada una su casa.

Por la fama de Renga Roiti vino Repa A’Puŋa para tomarla como esposa. Su padre le había dicho: “Hay una mujer para ti allá donde hay una nube negra; vete ahí”.

El joven venía de Maúnga Aîo y llegó a Te Umu roa a Tavake. De ahí volvió corriendo y llegó otra vez a Maúnga Aîo. Su padre le preguntó: “¿Qué te pasa que has vuelto acá?”. El joven replicó: “He vuelto porque he visto un curanto largo del pájaro tavake”. Dijo el padre: “El Curanto largo del tavake”, así se llama ese lugar.

Regresó otra vez el joven y llegó a Vaitea donde había agua blanca. Volvió corriendo y llegó a su casa. Su padre le preguntó: “¿Qué te pasa que volviste acá?”. El joven replicó: “Es que hay una cosa blanca”. Dijo el padre: “Vaitea, pues, se llama esa parte; ¡vuelve allá!”.

Partió otra vez y llegó a Nga Ipu. Vio ahí calabazas que estaban quebradas. Volvió corriendo y llegó a la casa. El padre le preguntó: “¿Por qué has vuelto acá?”. El joven replicó: “Había calabazas que están quebradas”. Dijo el padre: “Las calabazas, pues, se llama esa parte; ¡vuelve allá!”.

Nuevamente salió y era muy de noche cuando llegó a Paku Ngaahaaha. Había pues cerritos reventados. Volvió corriendo y llegó a la casa. El padre le preguntó: “¿Por qué volviste acá?”. El joven replicó “Es que están reventando los cerros”. Dijo el padre: “Cerritos reventados, pues se llama esa parte; ¡vuelve allá”.

Otra vez partió y llegó a Pe’i. Vio ranuras para deslizarse. Volvió corriendo y llegó a la casa. El padre le preguntó: “¿Por qué volviste acá?”. El joven replicó: “Es que hay ranuras para deslizarse que he visto”. Dijo el padre: “Pe’i, pues se llama esa parte; ¡vuelve allá!”.

Se fue otra vez el joven y llegó a Te Kio’e Uri, donde vio un ratón. Volvió corriendo y llegó a la casa. El padre le preguntó: “¿Por qué has vuelto aquí?”. El joven replicó: “Había un ratón negro que yo vi”. Dijo el padre: “El Ratón negro, pues se llama ese lugar; vuelve allá”.

Encaminóse otra vez el joven y llegó a Te Manavai. Vio un manavai que estaba abierto. Volvió corriendo y llegó a la casa. El padre le preguntó: “¿Por qué has vuelto aquí?”. El joven replicó: “Es que había un manavai que está abierto”. Dijo el padre: “Te Manavai, pues, se llama esa parte; ¡vuelve allá!”.

Partió otra vez el joven y llegó a Te Manavai y en la noche a la casa de la joven.

Ella percibió fragante olor de pua por toda la casa. Olfateó su cuerpo diciendo: “¿De dónde viene esa fragancia?”. A sí misma se dijo, estando sola, cuando el joven abrió las cortinas de la casa, ocho cortinas.1 Sacó la primera cortina, la segunda, la tercera… hasta llegar a la octava.

Ella vio al joven y le dijo: “¡Qué fragante eres, oh joven!” Repa A’Puŋa le dijo: Es tuya esta fragancia”.

El entró a la casa, y los dos se acostaron juntos.

Al amanecer salió Repa A’Puŋa y bajó de Te Manavai hasta Te Kio’e Uri; ahí se escondió en la cuevecilla de los ratones. Bajaron gentes, llegaron ahí y pasaron por Te Kio’e Uri; había silbidos de ratón.

Vino también la joven y se oyeron chillidos de ratón; ella fue a hablar a un hombre: “Cuando yo pasé aquí por el camino, oí chillidos de ratón”. Pero el hombre que sabía lo que pasaba le dijo: “¡Cuidado con este que quiere asustarte como espíritu en forma de ratón; es Repa A’Puŋa, no es ratón!”.

Al anochecer volvió el joven a Te Manavai, a la casa de ella.

Pasó un mes y dijo entonces la joven: “¡Vamos los dos para bajar al cráter (del Rano Kau)!”. Ahí sacaron una mata de plátano y volviendo de abajo del cráter, llegaron a la casa y la dejaron. La joven (con él) dijo a la mata de plátano: “Si me llama mi mamá y dice: “Niña sal afuera para que te ponga ki’ea”, tú dices: “Me ha puesto ya ki’ea”; si me llama y dice: “Ven afuera para que te saque piojos”, tú le dices: “Me he sacado ya los piojos”.

El joven dijo entonces a la joven: “Esto está bien”.

Quedaron un rato; anocheció y Repa A’Punga se levantó con la joven para ir a Mahatua. En la misma noche se fueron. Llegando a Maunga, Repa A’Punga dejó a la joven ahí y le dijo: “Quédate aquí, yo voy a cagar”.

Repa A’Punga tomó su capa y blanca que era, la dejó encima de una piedra, para que la joven creyera que el vestido que se veía blanco era él mismo Repa A’Punga.

Después de dejar puesto el vestido sobre la piedra, se fue corriendo a la casa de su padre en Mahatua, llegando ahí llamó: “Papá, ¿Dónde estás?”. Punga la contestó: “Aquí estoy”. Repa A’Punga entró en la casa. Punga le preguntó: “¿Dónde está la nuera?”. El joven dijo: “Ahí la dejé en Maunga Aîo”.

El padre salió de la casa en la misma noche, hizo fuego para un curanto, sacó camotes, tomó un gallo blanco, lo mató y desplumó. Al estar calientes las piedras, dejó una capa de brasas y piedras abajo y coció los camotes y el gallo.

El joven salió de ahí, volvió y andando, andando llegó al lugar del vestido, lo sacó de encima de la piedra, y se encontró con la joven. Ella dijo: “¡Tierra de caca tan dura es la tuya, oh amigo!”. “Así pues, es mi tierra, dijo Repa A’Punga, tierra de caca dura”.

Se fueron los dos, llegaron a la casa del joven y entraron. EL padre salió, abrió el curanto y lo llevó a casa. La joven lo recibió y comió.

La joven quedó ahí y vivía con Repa A’Punga su marido. Ella quedó embarazada: primer mes de embarazo, segundo, tercero, cuarto, quinto mes, entonces celebraron el ra’e o te poki y mandaron la comida del curanto; vinieron (portadores de la comida) desde Mahatua y llegaron a Te Manavai, a la casa de la madre de Renga Roiti.

Siempre iba la madre de la joven a llevarle comida y la llamaba “¡Renga, sal a recibir tu comida!”. Ella contestaba: “¡Métela no más adentro y déjala!”. La madre llamaba otra vez: “Ven afuera para que te ponga tu ki’ea” y ella contestaba: “Ya me la he puesto”; llamaba otra vez: “Ven afuera para que te quite tus piojos”, y ella contestaba: “Ya me los he quitado”. Días y días, meses y meses había llevado así la comida para la joven. Pensaba siempre que era Renga Roiti que en realidad le contestaba; pero era la mata de plátano la que contestaba.

Cuando llegaron los hombres trayendo la comida de curanto a la madre de Renga Roiti, le dijeron: “Ya está grande el feto de la joven, es de cinco meses ya”. La madre les dijo: “Ahí está Renga Roiti en la casa”. Los hombres le dijeron: “Esa no es Renga Roiti”. La madre preguntó: “¿Quién es esa entonces?”. Le dijeron: “Es una mata de plátano”.

La madre fue arriba (a la casa), sacó la primera cortina y moviendo las manos encontró la comida que la joven no comió; estaba podrida. Sacó la segunda cortina y siguió hasta la octava; habiéndose movido por la casa; ¡he aquí la mata de plátano! La abatió en la casa; cuando la golpeó con un palo, se quebró. Quebrada la mata, ella decía para sí misma: “¡Tan engañadora que eres, niña; no me avisaste nada!”. Volvió a su casa, se acostó y sufrió pena por la hija.

La joven quedó mientras tanto en Mahatua; en el noveno mes, nació un hijo hombre: Hicieron el curanto por el niño y lo mandaron acá para la mamá de Renga Roiti; con unos hombres lo mandaron. Llegaron trayendo la comida y la entregaron a la madre.

Los hombres que habían traído la comida volvieron a Mahatua y llegando dijeron a Renga Roiti: “Tu mamá está sufriendo y triste: está acostada en su casa”.

Cuando el niño ya se movía, vino Renga Roiti a saludar a su madre; con Repa A’Punga y el niño venía andando, andando y llegó a Te Manavai.

Entrando en la casa de su madre, la saludó derramando lágrimas por todo el cuerpo de ella desde la cabeza hasta los pies. Desde el suelo vio la enferma que Repa A’Punga era un joven buenmozo. Habló entonces desde su cama: “¿Por qué no me avisaste? ¿Acaso pensabas que era un hombre feo y por eso no me contaste nada?”.

Renga Roiti no habló ninguna palabra. Su madre se levantó y la abrazó. Hija y madre lloraron.

Se alivió la pena de la madre, ya vio que su hija había regresado delante de ella. Así volvió el consuelo y se acabó la pena.