Museo Chileno de Arte Precolombino
 

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Mapa del área Fuego-Patagónica realizado entre los años 1826-1830.

Desde el borde mar al interior

El Reino de Chile alcanzaba esos territorios australes. Pero más al norte existía un espacio que se consideraba como periferia y que se situaba al sur del archipiélago de Chiloé. Allí, efectivamente se encontraba la frontera meridional, y que correspondía al sur de la Araucanía, entre el río Toltén y Chiloé, donde grupos mapuche, huilliche y junco ponían en jaque la presencia hispana. Al sur de aquella se localizaba la entrada a la Patagonia, tierras apreciadas por ser la puerta al estrecho, el confín del Reino, además de que la leyenda aseguraba que allí se encontraba la Ciudad Encantada o de los Césares, el lugar de grandes riquezas de oro, plata y piedras preciosas.

Era la Patagonia Occidental, conformada por un territorio continental y otro insular. El primero modelado por ríos caudalosos, serranías cubiertas de bosques y estepas con pastizales y habitada por puelche y poya, grupos cazadores y recolectores seminómades. Pedro de Valdivia, entre 1551 y 1553, envío a Jerónimo de Alderete y a Francisco Villagra a explorar el área de Nahuelhuapi. Muchos de sus habitantes fueron desplazados y llevados a las ciudades de más al norte. Puelche y poya fueron sometidos por medio de malocas o campeadas. Patagonia insular, la de los archipiélagos, fiordos y canales, también periferia del Reino de Chile y habitada por chono, caucaue, y otros grupos nativos, también canoeros. Esa franja insular fue formando parte de la ruta de navegación hacia las costas y territorios más australes.

Mucho antes de la llegada de los hispanos, esa ruta era surcada por embarcaciones indígenas, las dalcas. La Patagonia insular comenzó a ser reconocida desde inicios del siglo XVI, y sólo recién hacia el siglo XIX, la exploración se dirigió hacia la desembocadura de los ríos y luego hacia el territorio interior, cuya ocupación posterior se orientó principalmente a la explotación de los bosques de cipreses y a la gran producción ganadera. No era fácil abrir sendas en la espesura de los bosques o atravesar los pantanos y los terrenos anegadizos. Sin embargo lo lograron. Los cursos fluviales fueron ejes de paso en esa internación, además de convertirse ya en ejes de ocupación, hasta el día de hoy.

Para saber más…

Alvarado, M., Odone, C., Maturana, F., & D. Fiore (Eds.), 2007. Fueguinos. Fotografías siglos XIX y XX. Imágenes e imaginarios del fin del mundo. Santiago: Editorial Pehuén.

Chapman, A., 2002 [1990]. Fin de un mundo. Los selk’nam de Tierra del Fuego. Santiago: Taller Experimental Cuerpos Pintados.

Emperaire, J., 1963. Los nómades del mar. Santiago. Ediciones de la Universidad de Chile.

Gusinde, M., 1982 [1931]. Los indios de Tierra del Fuego. Los Selk’nam. Tomo I, 2 vols. Buenos Aires: Centro Argentino de Etnología Americana.
—- 1986 [1937] Los indios de Tierra del Fuego. Los Yámana. Tomo II, 3 vols. Buenos Aires: Centro Argentino de Etnología Americana.
—– 1991 [1974] Los indios de Tierra del Fuego. Los Halakwulup. Tomo III, 2 vols. Buenos Aires: Centro Argentino de Etnología Americana.

Hanisch. W., 1982. La isla de Chiloé, capitana de rutas australes. Santiago: Academia Superior de Ciencias Pedagógicas de Santiago.

Odone, C. & Mason, P. (Eds.). 2002. 12 miradas sobre selknam, yaganes y kawesqar. Santiago: Taller Experimental Cuerpos Pintados.

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